Text Box: ARTÍCULO DE DIFUSIÓN
Text Box: CORPORALIDAD EN EL DEPORTE: UN ANÁLISIS FENOMENOLÓGICO
CORPORALITY IN SPORTS: A PHENOMENOLOGICAL ANALYSIS

Fidel Argenis Flores Quiroz1,*

1 Universidad Autónoma del Estado de México, México.

 000-0002-4498-6356

 

 

Como citar:

Flores Quiroz, F.A. (2022). Corporalidad en el deporte: un análisis fenomenológico. Revista Mexicana de Ciencias de la Cultura Física, 1(2), 1-6. DOI: 10.54167/rmccf.v1i2.984

 

Correspondencia: fafloresq@uaemex.mx (Fidel Argenis Flores Quiroz)

Recibido: 25 de mayo de 2022; Aceptado: 2 de junio de 2022

Publicado por la Universidad Autónoma de Chihuahua, a través de la Dirección de Investigación y Posgrado

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


                                                                                                

 



RESUMEN

El presente trabajo pone en consideración, a partir de entender que el cuerpo es determinante para ser-en-el-mundo, la posibilidad de una filosofía de la carne que vislumbre o atienda la corporalidad que emerge de la práctica deportiva. En un primer momento  se atiende a las diferencias existentes entre un cuerpo orgánico objetivo y un organismo sensible auto-organizado y animado desde la fenomenología de Merleau Ponty. Posteriormente se señala que el deporte hace patente una corporalidad sensible y motriz pero, dependiendo de la práctica deportiva, se presentan elementos de la corporalidad distintos. Finalmente se enuncia una corporalidad deportiva consistente en una particular percepción de sí y del mundo, dando pauta a una filosofía de la carne necesaria en nuestro contexto.

Palabras clave: Corporalidad, cuerpo, deporte, fenomenología, carne.

 

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SUMMARY

This paper considers, based on the understanding that the body is decisive for being-in-the-world, the possibility of a philosophy of the flesh that glimpses or attends to the corporality that emerges from sports practice. At first, the differences between an objective organic body and a self-organized and animated sensitive organism from the phenomenology of Merleau Ponty are addressed. Subsequently, it is pointed out that sport makes evident a sensitive and motor corporality but, depending on the sports practice, different elements of corporality are presented. Finally, a sports corporality consisting of a particular perception of oneself and of the world is enunciated, giving guidelines for a philosophy of flesh that is necessary in our context.

Keywords: Corporality, body, sport, phenomenology, flesh.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



INTRODUCCIÓN

establezca que la percepción es lo propio del cuerpo; es decir, el cuerpo posibilita la captación de objetos, la toma de consciencia del entorno y su posible dación de sentido. No hay percepción que no sea devenida del cuerpo y, en ese sentido, el cuerpo es la constitución fundamental del ser que soy, antecediendo toda otra definición que pudiera explicarme: antes de ser un animal racional requiero un cuerpo en el cual habite una animalidad razonante, antes de ser un animal político requiero un sitio desde donde percibir, sentir y reflexionar mi posición social, antes de ser libre o en el mundo, incluso mero espíritu, soy un cuerpo que experimenta, capta y padece.

El cuerpo es, así, lo primero que filogenéticamente nos sostiene y fenomenológicamente nos aparece, ya que por medio de sus funciones, aptitudes y habilidades, se establecen las condiciones de posibilidad de otros ámbitos de lo humano tales como lo social, lo político y  lo existencial. Es decir, el cuerpo nos arraiga al mundo de la vida y al cosmos, en él toman lugar las experiencias del entorno y, por mera consecuencia, el sentido que le damos al mismo. En ese orden de ideas, el Hombre es un ser encarnado que experimenta mundo y toma consciencia de sí mismo y de su cuerpo en determinado punto de la existencia; no obstante,  por lo regular, esta toma de consciencia del Yo-cuerpo, a pesar de que es por él que se percibe mundo y se tienen experiencias del mismo, es lejana en lo cotidiano porque el cuerpo es algo tan necesario e indispensable, que obviamos su importancia, su lugar y su preeminencia.

Es justo ahí donde vale la pena tener en cuenta que hay un cuerpo orgánico objetivo que es todo aquel con dureza, masa, volumen y peso, pero está desprendido de carne (Depraz; 2001, 3). El entorno está lleno de estos cuerpos descarnados como las piedras, los astros, la tierra, todos ellos poseen un estatus no-fenomenológico en tanto mero organismo-objeto, sin capacidad de intencionalidad ni trascendencia reflexiva; por ello, es que cuando el Hombre experimenta mundo cae en cuenta de que no es mero cuerpo orgánico objetivo, surge entonces la pregunta ¿qué tipo de cuerpo posee?

DESARROLLO

Un cuerpo que además de tener peso, volumen, masa y dureza, contiene sensibilidad, órganos auto-organizados que hacen del cuerpo un fenómeno que está animado, es decir, se mueve y crece por sí mismo, dando lugar a una vivencia noética: la animación, el movimiento que nos arroja ya a un cuerpo vivido cuyas características implican la posesión de un saber no reflexivo de sí mismo (Depraz; 2001, 4-5). Es decir, la motricidad que orilla a hacer, a moverse sin intencionalidad consciente, hacen del cuerpo un saber hacer espontáneo pero involuntario, que si bien hace gala de una intencionalidad en tanto se mueve, esta es no reflexiva, sino puramente física. El cuerpo es justo así, quien proyecta su intencionalidad sobre el mundo, haciendo de sí algo que se dirige al afuera pero por mera motricidad y no por consciencia de sí, sino por autoanimación. Considerando todo esto, sin lugar a dudas, la cultura física, el deporte, son situaciones o ámbitos que definitivamente hacen manifiesto lo que ya señalara en su momento Merleau- Ponty (1975, 214-215):

Hay dos sentidos, y solamente dos, del vocablo existir: se existe como cosa o se existe como consciencia. La experiencia del propio cuerpo nos revela, por el contrario, un modo de existencia más ambiguo […] El cuerpo no es […] un objeto. Por la misma razón, la consciencia que del mismo tengo no es un pensamiento, eso es, no puedo componerlo y descomponerlo para formarme al respecto una idea clara. Su unidad es siempre implícita y confusa […] Ya se trate del cuerpo del otro o del mío propio, no dispongo de ningún otro medio de conocer el cuerpo humano más que el de vivirlo, eso es, recogerlo por mi cuenta como el drama que lo atraviesa y confundirme con él. Así pues, soy mi cuerpo, por lo menos en toda la medida en que tengo un capital de experiencia y, recíprocamente, mi cuerpo es como un sujeto natural, como un bosquejo provisional de mi ser total. Así la experiencia del propio cuerpo se opone al movimiento reflexivo que separa al objeto del sujeto y al sujeto del objeto, y que solamente nos da el pensamiento del cuerpo o el cuerpo en realidad. 

El deporte nos permite experimentar el cuerpo bajo ciertas consideraciones. En primer lugar, nos permite experimentar el cuerpo como un Yo-puedo, que hace manifiesto que la consciencia, muy a pesar del cogito cartesiano, es algo más que el Yo-pienso, porque al patear una pelota, al sumergir el cuerpo en el agua y promover movimientos para avanzar o al pedalear una bicicleta, en resumen, al realizar movimientos queridos que llevan a un fin competitivo o de activación física, toma lugar la motricidad como aspecto destacado que permite aprehender cosas para explicarlas de mejor manera. Resulta evidente que para aprehender algo es indispensable su comprensión, y esta última, siendo consecuentes con lo dicho hasta aquí, solo es viable cuando el cuerpo asimila lo que se busca comprender, a su mundo. En otras palabras, hay una comprensión corporal que se da cuando el cuerpo se familiariza con las cosas, y en el caso del deporte, con los movimientos que el cuerpo mismo realiza; esto significa que el deporte es una comprensión del cuerpo mismo, de la experiencia de ser cuerpo.

En este sentido, el deporte posibilita en el Hombre su autocomprensión como ser encarnado y la autoafirmación de la carne como el aquí del allí, esto es, medio y fundamento intrínseco de la existencia en tanto un despliegue existencial, o deportivo, sin cuerpo, no sería propiamente humano. En este aspecto nos dice Amengual (2007, 71): Un despliegue a-corporal, in-corpóreo de la existencia, no sería el humano. En este sentido hay que afirmar que no tengo cuerpo, sino que soy mi cuerpo. La radicalidad que entraña el verbo ser significa que el cuerpo, la constitución somática, es como una categoría esencial que condiciona, configura e impregna todo lo que es, hace y experimenta la persona humana.

El deporte tiene como centro la motricidad del cuerpo, de esta manera, el deporte y su práctica es un fenómeno que posibilita la presencia de la corporalidad y la afirmación de que soy un cuerpo que puede movimientos; no soy solo una consciencia que piensa, sino una corporalidad sintiente y motriz. Ahora bien, es evidente que hay diversos tipos de prácticas deportivas que se diferencian entre sí precisamente por el uso que hacen del cuerpo: en el ciclismo, el fútbol y el atletismo, si bien todo el cuerpo entra en consonancia para moverse y lograr óptimos resultados, hay un predominio de las extremidades inferiores, en ellas está la potencia que habrá de desarrollarse para desenvolverse mejor en la actividad corporal y deportiva; en deportes como la natación, el squash y el béisbol, lo predominante es la parte superior del cuerpo, los brazos y su fuerza. En ese sentido, y según hablemos de un deporte en específico, se favorece y observa un predominio de alguna capacidad corporal y ello trae consigo una distinta forma de experimentar mundo y, por mera consecuencia, hacer patente la propia corporalidad. Aunado a ello, el ambiente, el espacio, los objetos y la relación con otros cuerpos dan la pauta para establecer distintos esquemas corporales en las distintas practicas deportivas.

En el caso del fútbol el objeto que toco con la carne son los otros y el balón, hay así un tacto activo que implica tocar voluntariamente un objeto y, al hacerlo, se presenta una corporalidad que, en este caso particular, toca el balón con los pies, estos son un punto de acceso al mundo, con ellos el cuerpo no solo denota su capacidad de movimiento hacia atrás, adelante, izquierda, derecha, percibiendo así una superficie horizontal que es mi lugar en el mundo (el balón debe ir hacia atrás a los defensas o hacia delante a los delanteros, mi cuerpo debe correr hacia atrás o hacia delante de media cancha), sino también una capacidad táctil que cotidianamente remitimos a las manos. En el fútbol además, aparece la otredad, el cuerpo de los otros que, o son mis rivales o son mis compañeros, estableciendo así consciencia de lo propio, lo común y lo ajeno. En este caso también, y a diferencia de deportes que incorporan algo ajeno al cuerpo mismo para desarrollarse como el ciclismo o el automovilismo donde la bicicleta o el auto son una extensión del cuerpo y se tiene que disponer de esa extensión controlando el manubrio o el volante, asimilándose a ellos, el fútbol solo dispone de la corporalidad primera, de la carne sin más extensión que el semejante que tengo por compañero, me adhiero así al equipo, al terreno de juego y soy cuerpo en facticidad, como señala Merleau-Ponty (2010; 127):

La carne no es materia, no es espíritu, no es substancia. Sería necesario para designarla el viejo término de “elemento” en el sentido en que se lo usaba para hablar del agua, del aire, de la tierra y del fuego, es decir, en el sentido de una cosa en general, a medio camino entre el individuo espacio-temporal y la idea, suerte de principio encarnado que importa un estilo de ser, en todas partes donde encuentra una parcela de él. La carne es, en este sentido, “un elemento del ser”. No es hecho o suma de hechos, pero es adherente al lugar y al ahora. Mucho más: inauguración del dónde y el cuando, posibilidad y exigencia del hecho, en una palabra, facticidad, lo que hace que el hecho sea hecho.

El fútbol, bajo estas consideraciones, hace manifiesta una corporalidad cuyo tacto va más allá de las manos, situándole también en un mundo horizontal que percibe el atrás, adelante, izquierda y derecha y, aún todavía, le inserta en el mundo de los otros cuerpos que como el propio, habitan la facticidad. El fútbol es así consciencia de dónde, cómo y con qué habito mundo, revelando con ello facultades motrices que posibilitan afirmar “Soy cuerpo”.

El caso de la natación es muy distinto, primeramente porque en su práctica el cuerpo se dispone hacia otras facultades táctiles ya no activas, sino más bien pasivas, esto es, ya no tocamos las cosas, sino que somos tocados por ellas y no controlamos los lugares que se ven afectados por lo que nos toca. Cuando nos sumergimos en el agua, esta nos abraza, invade partes de nuestro cuerpo que parecen no poseer capacidad táctil o exploratoria como las fosas nasales en su interior, las orejas y sus orificios, el espacio entre los dedos o las axilas. Estos recónditos y poco visibles espacios corporales por lo regular no tienen lugar en nuestra consciencia, no son notados y los olvidamos, pero el agua que activa toda nuestra carne y sus capacidades táctiles, supone una lucidez mayor del ser humano como sujeto encarnado, una consciencia más amplia de la propia corporalidad porque el cuerpo entero, en todos sus orificios, se ve abarcado por el agua, despertando así a la propia corporalidad sintiente ya no solo de las manos o los pies, sino de la carnalidad en su totalidad. La vista, sentido predominante en el fútbol y la mayoría de deportes, pasa a un segundo término, ya que ahora prevalece el tacto en tanto que el saberse en el agua en determinada posición, brinda datos sobre qué debe accionar el cuerpo, si debe salir a flote, inclinarse o bracear para avanzar, permanecer o sumergirse. De esta manera, es el cuerpo entero y no solo los ojos, quienes determinan la acción y posición que habito en el mundo. En otro punto, la natación no brinda solamente una espacialidad horizontal que manifieste el atrás y el adelante o los costados del espacio, sino que denota el arriba y el abajo, de hecho, esta concepción es fundamental para un nadador, ya que situarse arriba o debajo del agua, determina si vive o muere, si respira o no. En este sentido, el plano vertical, cotidianamente nos movemos en el plano horizontal, es trazado por encima o por debajo del agua y resulta concluyente su comprensión para estar en el mundo como cuerpo que, en la práctica deportiva acuática, está determinado por su respiración correcta. Así, la natación brinda a la consciencia datos de una corporalidad finita que, de no verse funcionalmente respirando en el arriba, difícilmente podría seguir siendo.

En el caso de otros deportes mentados líneas arriba, tales como el automovilismo, el esquí o el ciclismo, el cuerpo se hace de prótesis, de extensiones. En ellos, determinados objetos se incorporan al espacio vivido y el cuerpo se mueve con el objeto, apareciendo con ello un par de nociones deportivas de suma relevancia que, si bien son importantes en toda práctica deportiva, en ellos cobra una importancia mayor: el entrenamiento y la técnica. El primero, si bien está generalizado para toda práctica profesional y profesionalizante del deporte, en estas prácticas que requieren de la extensión-prótesis del cuerpo, son más necesarias, en tanto se demanda de un aprendizaje de hábitos que permitan al cuerpo relacionarse con su prótesis para establecer un mejor desenvolvimiento o, atendiendo a lo aquí señalado, una más adecuada técnica. La percepción ya no es solamente un ejercicio corporal en un sentido activo o pasivo, sino un accionar la máquina y unificarse con ella porque la dureza del camino, sus grietas o sus inclinaciones, muchas veces entra en contacto primero directamente con el objeto-prótesis y no con el cuerpo que, alertado por el primero y preparado por su entrenamiento, sortea mejor las adversidades. Hay así, en estos deportes, otra sensibilidad, en tanto el cuerpo se sirve de medios para percibir el mundo y saberse en determinado espacio-tiempo, el tacto se ve mediado por la máquina que es quien activa la consciencia y sitúa el cuerpo y sus movimientos en el mundo, haciendo de otros sentidos el objeto primordial de la consciencia tales como el olfato para percibir fallas del motor, el oído para escuchar el correcto funcionamiento de la máquina. Los deportes que requieren de prótesis como extensiones de la carne, posibilitan así otra corporalidad y, comparados con el fútbol o la natación, en los cuales el cuerpo se presenta desde sí y para sí, en ellos el cuerpo se hace patente desde su extensión, desde su maquinización.

CONCLUSIÓN

Bajo tales consideraciones, es claro que el deporte trae consigo una percepción específica del cuerpo, en la cual la vida no es pura consciencia psicologizante que dota de sentido al mundo como mera res cogitans, sino que es cuerpo que aparece como agente que percibe naturaleza y, además, la habita. Con ello, la cultura física, el deporte, posibilita mediante su análisis y práctica una filosofía de la carne que visualiza el cuerpo como sistema de comprensión que posibilita al Hombre vincularse fundamentalmente con el mundo y constituir una naturaleza espacio-temporal que orienta su estar en el mundo; aunado a ello, por vía del deporte, el cuerpo se manifiesta como punto de unión o vértice de interferencias con las cosas, con el entorno, con el mundo a la mano. Si bien podemos argumentar que no es necesaria la actividad deportiva para ser conscientes de todo esto, de igual manera podemos hacer válido que la experiencia cotidiana no manifiesta con tanta claridad estos puntos como sí lo hace la actividad deportiva y, así, por gracia y obra de ella, se hace claro lo que señala Merleau-Ponty (1969; 138): “El cuerpo propio es un sensible y es el sintiente: es visto y se ve, es tocado y se toca…contiene una filosofía de la carne”.

Una filosofía de la carne se puede desprender de una fenomenología de la corporalidad deportiva que hace manifiesto que el cuerpo es lo sensible y sintiente, el móvil de la percepción que se nos aparece como dato para sabernos arrojados a un mundo que percibimos con la carne y dotamos de sentido desde la consciencia motivada por la propia corporalidad. Así, el deporte es una vía para explorarnos como carne, como cuerpo perceptivo que sugiere una posibilidad filosófica de amplios alcances: la percepción desde lo que se es y desde lo que se hace. Cuerpo en acción, ser arrojado al mundo cuya composición primigenia es la percepción, el ser que somos se genera una visión o imagen del mundo desde su corporalidad, y no hay actividad más clara y evidente que nos haga manifiesta esa corporalidad en sus respectivas especificaciones que el deporte.

Como lo hemos mostrado en este trabajo, si bien cada actividad deportiva trae consigo un uso particular del cuerpo, con sus respectivos alcances fenomenológicos y antropológicos, el deporte en general atiende a la corporalidad y nos brinda de manera evidente una percepción del ser encarnado que somos, haciendo así más que manifiesto que hoy, ante un mundo en el que cada vez gana más espacio una cultura virtual donde somos un perfil y muchos chips electrónicos que dicen qué y quién es un individuo, enajenando la percepción de la estructura natural del cuerpo que somos y poniendo en consideración un paraíso de mundos de consciencias-sin-cuerpo, el deporte es un bastión que resiste y persiste en cuerpos carnales que perciben, sufren y saborean mundo.

 

REFERENCIAS

Amengual, G. (2007). Antropología filosófica. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos.

Depraz, N. (2001). Lucidité du corps. De l´empirisme trascendantale en phenomenologie. Netherlands: Kluwer academic publishers.

Merleau Ponty, M. (1969). Filosofía y lenguaje. Buenos Aires: Ediciones Proteo.

_____. (1975). Fenomenología de la percepción. Barcelona: Península.

_____. (2010). Lo visible y lo invisible. Buenos Aires: Nueva visión editorial.

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